La noche había caído sobre la mansión como una losa. Después de la escena de los regalos, la casa quedó en un silencio denso, roto solo por el crujir de las escaleras y las puertas que se abrían y cerraban. Anika estaba en la habitación de invitados, sentada en el borde de la cama, con las manos apretadas sobre las rodillas. Había estado llorando. O fingiendo llorar. Ya ni ella sabía la diferencia.
La puerta se abrió sin que llamaran.
Thomas entró con los hombros hundidos, la cara cansada, los