La mano de Thomas cerró sobre el brazo de Lenna con una fuerza que la detuvo en seco. Ella sintió sus dedos apretando la tela del vestido, apretando su piel. No gritó. No se apartó. Solo lo miró con esos ojos que ya no le pedían nada.
—¿Quién te dio ese collar? —preguntó él, con la voz rasposa, los ojos clavados en la joya que brillaba en su cuello—. Yo vi la subasta. Vi la colección Mendoza. Ese collar es único. No tienes familia, Lenna. No tienes dinero. No tienes nada. ¿Quién te lo dio?
—Sué