Los dos días más largos de su vida. Así describiría Thomas después aquella espera. Las horas se arrastraban como serpientes pesadas, enroscándose en su estómago, apretándole el pecho, nublándole la mente. No podía concentrarse en el trabajo. Los números bailaban frente a sus ojos sin sentido. Las llamadas entraban y salían sin que él escuchara. Los empleados lo miraban con preocupación, pero nadie se atrevía a preguntarle qué le pasaba.
El teléfono no sonaba. El laboratorio no llamaba. Y él, se