El tiempo se detuvo en la habitación. La luz de la tarde entraba por los ventanales, pero ya no iluminaba. Todo estaba teñido de gris, de rabia, de dolor. Thomas estaba en el marco de la puerta, con los brazos caídos, los puños apretados, los ojos clavados en la escena que nunca imaginó ver. Anika, desnuda, enredada en las sábanas de la cama que habían compartido. Fabián, también desnudo, también enredado, con la mirada baja, sin atreverse a sostener la suya.
—Lárgate de mi casa desgraciada.
—¡