La noche se había vuelto eterna para Thomas. Desde el momento en que se sentó en el borde de la cama, con el teléfono en la mano, las pruebas en su bolsillo, la rabia quemándole el pecho, no había podido moverse. Las horas pasaron lentas, pesadas, interminables. La una, las dos, las tres. La casa seguía en silencio. En la habitación de invitados, los susurros habían cesado. Ahora solo se escuchaba el silencio, el mismo silencio que lo envolvía a él en esa habitación vacía.
Poco antes de las dos