La luz de la mañana entraba por los ventanales de la habitación cuando Anika despertó. Thomas ya se había ido a la oficina, como todas las mañanas. El bebé dormía en su moisés, con los puños cerrados, los labios entreabiertos, la respiración profunda y tranquila. La casa estaba en silencio. La señora llegaría más tarde. El señor aún dormía.
Anika se quedó un momento en la cama, sintiendo el calor de las sábanas, el peso de los días sobre sus hombros. Llevaba una semana con él en la casa. Una se