Los días pasaron en la mansión de Thomas con una lentitud que a Anika se le hacía eterna. El hombre, al que todos llamaban "el tío" sin saber que no era más que un fantasma del pasado de ella, se instaló en la rutina familiar como si siempre hubiera pertenecido a ella. Y lo peor de todo: lo hacía bien. Demasiado bien.
Desde la primera mañana, se levantó antes que nadie. Preparó el desayuno para la señora, que llegaba temprano para cuidar al bebé mientras Thomas iba a la oficina. Le sirvió el té