La tarde había caído sobre la mansión de Thomas como un manto de plomo gris. Las nubes cubrían el cielo, y el viento golpeaba los ventanales con una insistencia que parecía anunciar tormenta. Anika estaba sentada en la mesa de la cocina, con un plato de puré de calabaza y pollo desmenuzado que Thomas le había preparado. Comía despacio, sin ganas, pero lo hacía. Desde la última visita al médico, había entendido que su bebé necesitaba nutrientes y ella no podía fallarle.
Pero algo no estaba bien.