La noche había caído sobre la casa de los padres de Lenna como un manto de terciopelo negro. Las estrellas brillaban en el cielo, y el viento movía las ramas de los árboles del jardín con un susurro que parecía cantar una canción de cuna. Adentro, la casa estaba en calma. Diego había llorado un poco, pero ya se había calmado. Lenna estaba agotada. El encuentro con Thomas en la oficina le había drenado la energía, aunque no se lo había contado a nadie.
—Vos, andá a bañarte —dijo Juan Diego, toma