Tres meses habían pasado desde aquel encuentro en la oficina. El tiempo había corrido como un río que no se detiene, llevándose consigo algunas heridas y dejando que otras cicatrizaran lentamente. En la mansión de Thomas, el ambiente seguía siendo pesado, cargado de una tensión que no se disipaba ni con el paso de los días. Anika tenía cinco meses de embarazo. Su vientre ya era redondo, firme, una promesa que crecía día a día. Pero no era feliz.
Thomas la trataba con indiferencia. No era cruel,