Mundo ficciónIniciar sesiónLos lobos de la manada Solarion, arrasaban con todo a su paso. Podía escuchar los gritos de los mismos lobos que hacía apenas unos momentos atrás, se estaban burlando de mí, mientras me azotaban sin piedad por orden de Faela ante el silencio de Gabriel; Faela ya debía de estar escondida en el refugio secreto que se hallaba en el valle de los Lirios, y Gabriel, seguramente junto a sus hombres intentaban resistir aquel ataque, pero todos sabíamos que cuando aquel Alfa decidía atacar, no se detenía hasta saciar su sed de sangre.
El hombre frente a mí, era el Alfa Arien.
Su piel era morena, ligeramente besada por el sol, su cabello era negro como la noche más oscura, su rostro era de facciones varoniles y hermosas, aunque con algunas cicatrices de sus luchas, tan alto como un roble, al menos 1.98, quizás más, y sus ojos eran de un color dorado ardiente, como si en lugar de iris tuviese dos llamas de fuego ardiente que me escudriñaban sin recato alguno.
—¿En dónde se están escondiendo el resto de los lobos?, sé que existe un lugar en estas tierras que sirve para refugiar a sus hembras y cachorros, así que dime, mestiza, ¿En dónde está? — el Alfa Arien me cuestionó.
—Yo no soy parte de esta manada, ya no más, he sido liberada del vínculo que me ataba al Alfa Gabriel, y no se dé la existencia de un lugar así. ¿Acaso matar a niños inocentes te da satisfacción? — dije esperando que, con ello, aquel peligroso Alfa me dejara ir; no iba a delatar aquella ubicación, pues, aunque los malditos lobos de la manada me habían humillado, no tenía el corazón para delatar a los inocentes niños.
En ese momento, vi como el Alfa Arien parecía olfatear el viento a mi alrededor, y un escalofrió repentino me paralizó al mismo tiempo que una sonrisa siniestra se le dibujaba a él en el rostro.
—Virgen…tu, mestiza, hueles a pureza, tu sangre huele a los bosques puros de las montañas nevadas, donde viven esos infames humanos cazadores que se creen superiores a toda criatura…entonces, tú eres aquella loba virgen de la que todos hablan; la compañera intocable del Alfa Gabriel, quien es mitad loba, mitad humana, cuya belleza supera a toda criatura. Entonces, ¿No me dirás lo que quiero saber?, ¿Estás dispuesta a perder tu vida por los hijos de aquellos mismos que te hicieron las heridas de tu espalda? Mariposa. —
Cuestionó el Alfa Arien caminando despacio hacia mí, mientras me miraba como una bestia que estaba a punto de devorar a su presa.
Por instinto, retrocedí dos pasos, pues la presencia de aquel hombre lobo, lograba intimidarme de cierto modo.
—No se acerque, Alfa Arien, soy una mujer libre, y no compartiré el destino de los que se quedan detrás de mí. — dije con voz firme.
Sin embargo, el Alfa Arien comenzó a reír como si yo hubiese dicho algún chiste.
—Por supuesto que no compartirás el mismo destino que los que se quedan detrás de ti, eres una mariposa con las alas rotas, puedo oler como tu sangre sigue emanando de las heridas que llevas en tu espalda, puedo ver como aquel débil vínculo que tenías con ese cobarde de Gabriel, se va desvaneciendo de tu cuello. Ahora dime, mariposa de invierno, ¿Quieres que cobre venganza por lo que te han hecho?, ¿Quieres que la sangre brote desde la espalda de aquella hembra por la que te abandonaron a tu suerte en medio de la guerra? Dame una sola orden, y por la luna sobre nosotros, te juro que lo cumpliré. —
El Alfa Arien me dijo aquello mientras sus manos se aferraban a mi cintura, obligándome a mirarlo a los ojos.
—No. No necesito que nadie tome venganza en mi nombre. — respondí, e invocando mi poder de Alfa, intenté repelerlo lejos de mí, pero mis débiles fuerzas no me respondieron.
Una nueva sonrisa se dibujó en los sensuales labios de aquel Alfa.
—Tu fuerza, mariposa, no puede repelerme a mí, porque soy el hijo del sol, mi poder es superior al tuyo. —
Arien afirmó aquello como una verdad absoluta, y tomando mi rostro entre sus garras, me forzó a mirar sus ojos una vez más.
—Suéltame, o vas a lamentarlo. — amenacé.
Sin embargo, aquel Alfa no me soltó.
—Lo único que podría lamentar, es no hacer esto. — me respondió.
Y en ese momento, sus labios se pegaron a los míos, besándome con una fiereza que me invadió por completo. Su lengua se enredó con la mía, y con su fuerza superando a la mía, me arrinconó contra un árbol, sin embargo, él había tenido cuidado de no herirme mucho más de lo que ya estaba, como si hubiese tomado una rosa para colocarla en otro sitio sin dañarla.
Aquel sentimiento de vulnerabilidad, me enfureció, encendiendo en mi aquella fuerza dormida de mis dos sangres, y golpeando el rostro del Alfa Arien, logré alejarlo de mí.
—Yo soy Ithiliel, la que no muere, la sangre de dos mundos, la loba virgen que ha decidido tomar las riendas de su destino. No vuelvas a tocarme. — dije sintiendo aun en mis labios aquel escozor que me había dejado aquel beso salvaje que el Alfa Arien me había dado.
Mi primer beso.
Una sonora carcajada brotó de los labios carnosos de aquel Alfa, quien se pegó de nuevo a mí, imponiéndose.
—Ithiliel, la mariposa de las alas rotas, acabas de salvar la vida de todos esos bastardos que te lastimaron, de sus mujeres y de sus niños…finalmente he encontrado algo mucho más intenso y satisfactorio…un nuevo reto para el Alfa más poderoso. — dijo el Alfa Arien.
—¡Ithiliel! — escuché a Gabriel llamarme por mi nombre.
Sin embargo, en ese momento, sentí como las fuerzas me fallaron, las piernas me temblaron, y a punto de caer sobre el fango bajo mis pies, los brazos fuertes del Alfa Arien me cargaron y sostuvieron. Había perdido demasiada sangre.
—Desde este momento, la mestiza Ithiliel, me pertenece. —
Aquellas fueron las últimas palabras que escuché de los labios del Alfa Arien, antes de perder el conocimiento, junto a los gritos de Gabriel que seguía llamándome por mi nombre.







