El aire en la estación subterránea era denso, impregnado de un olor a ozono y a tierra húmeda, pero se sentía extrañamente vivo. Los hombres y mujeres de la resistencia, con sus pulmones de cadenas rotas bordados en la ropa, se movían con una eficiencia silenciosa que delataba años de clandestinidad. Frank no bajó el fusil de inmediato; el instinto de presa era difícil de silenciar.
—Baja el arma, hijo —dijo el hombre de la barba canosa, cuya voz era profunda y calmada—. Aquí no somos tus ene