—Es tan suave —susurró—. Se siente como... como tocar las nubes.
La sangre se me heló. Aquello no era solo miedo. Tampoco era solo conmoción.
Solté sus talones y levanté la mano para sujetarla con firmeza por la mandíbula. La obligué a alzar el mentón y le incliné la cabeza hacia atrás hasta que no tuvo más remedio que mirarme. Me acerqué hasta dejar mi rostro a pocos centímetros del suyo y busqué la verdad en sus ojos.
La vi de inmediato.
Tenía las pupilas enormes, como tinta negra derramán