—¿A dónde vamos? —grité.
Nadie respondió mientras la multitud de personas con cintas rojas se precipitaba hacia el bosque. Algunas personas corrían entre risas. Otras lo hacían como si su vida dependiera de ello. Varios zapatos de tacón salieron volando. Alguien tropezó y una amiga la ayudó a levantarse. Las ramas crujían bajo los pies apresurados.
La chica del cabello fluorescente me sujetó la muñeca con tanta fuerza que sus uñas se hundieron en mi piel.
—¡Corre!
—¡¿Pero por qué?! —grité—.