En el centro del salón había grandes jaulas de cristal suspendidas del techo. En su interior, mujeres con el cuerpo pintado bailaban como si no tuvieran huesos. No llevaban nada salvo unas delgadas cadenas de oro.
Vi a una mujer sentada sobre una mesa de mármol con los ojos en blanco mientras un hombre presionaba una pequeña pastilla contra su lengua.
—Ciro —susurré con voz temblorosa. Me sentía pequeña. Demasiado limpia para aquel lugar—. ¿Qué es esto?
—Esto es lo más alto a lo que se puede