Durante un momento, no dijo nada más. Sus ojos continuaron recorriendo el código, como si repasara cada paso que yo había seguido.
Entonces volvió a hablar.
—Aunque debo admitir que fue un buen truco.
Fruncí ligeramente el ceño, confundida, y por fin levanté la mirada hacia él por encima del hombro. Parpadeé, atónita.
—Corregí los errores.
—No me refiero al código, Gianna —replicó con desprecio.
Sus ojos descendieron despacio y permanecieron fijos en mi pecho.
—Me refiero al escote. Es un