No quería estar allí. No quería beber su café ni sentarme a su mesa. Había creído que tendría tiempo para encontrar una solución antes de que mi madre se mudara con los Capone. Ahora ese tiempo se había agotado y no sabía qué hacer.
Salvatore me miró.
—¿Te gustaría desayunar algo, Gianna? Puedo pedirle al chef que prepare lo que quieras.
—No, gracias —respondí mientras me ponía de pie y tomaba la mochila—. No tengo hambre. Si no salgo ahora mismo, perderé el autobús.
Entonces don Vincenzo de