No quería viajar en un auto de los Capone, pero tampoco quería rechazarla.
Solté un suspiro silencioso y asentí levemente antes de dejar la mochila en el suelo y volver a ocupar la silla.
—Está bien —murmuré—. Iré contigo.
—¡Sí! —exclamó Madeleine. Su rostro se iluminó como si el sol acabara de entrar en el comedor. Se giró hacia los demás y les dedicó una sonrisa radiante y triunfal—. ¿Ven? Problema resuelto. Saldremos en cuanto terminemos de desayunar.
Antes de que pudiera decirle que no t