Capítulo 18: El Santuario de las Cenizas
El Leviatán se estremeció como una bestia herida en sus entrañas. Las alarmas de color carmesí bañaban el jardín de cristal con una luz intermitente que hacía que las flores de obsidiana parecieran salpicadas de sangre. Valerius, recuperándose del impacto del pulso de Isolde, se puso en pie con una lentitud que denotaba una furia gélida. Limpió un hilo de sangre plateada de su labio superior, mirando a Isolde no ya con deseo, sino con la frialdad de un c