El silencio era antinatural.
Ciel no respiraba.
Ian tampoco.
El bebé yacía quieto entre los brazos de su madre, demasiado quieto. Su pequeño pecho apenas se movía, y la luz que antes lo rodeaba se había reducido a un resplandor débil, como una estrella a punto de apagarse.
—No… —susurró Ciel, con la voz rota—. No te atrevas a irte… no ahora…
Alexandre permanecía inmóvil a unos pasos, el rostro tenso, los ojos plateados clavados en el niño. Por primera vez, no parecía un depredador. Parecía algu