El helado estaba casi terminado.
Solo quedaban restos de chocolate aferrados al palo, pequeñas manchas que ya no podían competir contra el calor del día. Pasé la lengua una última vez, lenta, recogiendo lo que quedaba, y luego me limpié los dedos con una servilleta arrugada, todavía sonriendo.
Fue entonces cuando sentí la mirada.
No era algo evidente. No un sonido, no un movimiento brusco.
Era esa sensación incómoda en la nuca, como si el aire se hubiese tensado de repente.
Bajé el helado, ya r