Valeria se despertó con una sonrisa en los labios. Eran las 7:28 a.m. La luz del sol entraba suave por las cortinas, iluminando la habitación con una calidez que parecía nueva. Diego dormía a su lado, el brazo rodeando su cintura, su respiración tranquila y profunda. Por primera vez en mucho tiempo, no había miedo ni urgencia. Solo gratitud y la certeza de que habían sobrevivido.
Se levantó con cuidado, se puso una bata ligera y bajó a la terraza. El jardín estaba lleno de vida: los juguetes de