Habían pasado dos veranos desde la primera llegada de Daniela. Ya no era una visita. Se había convertido en parte del ritmo de la casa junto al mar. Tenía veinticinco años, estudiaba Diseño Gráfico a distancia desde la terraza y había llenado las paredes de la antigua habitación de Mateo con sus dibujos: el flamboyán, el mar en diferentes horas del día, y retratos de Lia que capturaban su esencia con sorprendente exactitud.
Lia, con sesenta y nueve años, observaba todo con una serenidad que sol