Valeria se despertó con una sensación extraña: paz. Por primera vez en meses, no había mensajes amenazantes, no había paquetes negros, no había sirenas ni periodistas en la puerta. Solo el sonido suave del mar del Malecón entrando por la ventana entreabierta.
Diego dormía a su lado, con el brazo rodeando su cintura. Su respiración era tranquila, profunda. Ella se quedó mirándolo unos segundos, agradeciendo en silencio que estuvieran allí, vivos, juntos.
Se levantó con cuidado, se puso una bata