Dos años habían pasado desde aquella primera Navidad de Lucía. La niña ya tenía cinco años, hablaba español con acento dominicano mezclado con madrileño y corría por la casa como si hubiera nacido entre esas paredes. La familia había encontrado un ritmo propio: tres meses en la casa del mar, cuatro en Madrid, y el resto repartido entre viajes y videollamadas.
Era un 12 de julio, exactamente diez años después de aquel primer regreso de Lucas. Valeria preparaba el sancocho más grande de su vida.