El sótano de interrogatorios estaba sumido en una penumbra pesada.
Las antorchas chisporroteaban, proyectando sombras largas que parecían moverse por sí solas.
En el centro, encadenado a una columna de hierro, estaba el traidor más fuerte.
El mismo que se había burlado, el que había escupido el nombre de Arkan con orgullo enfermo.
Su piel aún tenía marcas de plata.
Su sonrisa torcida no se había borrado del todo.
Todavía creía que podía resistir.
Rafael, Lana, Alaric y Theo observaban desde la