La luz suave de la mañana se filtraba por la ventana, cálida, dorada, acariciando el borde de la cama.
Greta no abrió los ojos de inmediato.
Primero sintió… un aroma.
El aroma familiar, cálido, protector.
El aroma de Theo.
Su pecho se movía despacio, profundo, completamente entregado al sueño. Y sus brazos… esos brazos fuertes rodeaban su cintura con tanta suavidad que parecía que temía romperla.
Ella respiró hondo, dejándose envolver por él.
Fue entonces cuando escuchó la voz. Una voz suave. Femenina. Cariñosa. Dentro de su mente.
—Greta… cariño… despierta.
Greta frunció el entrecejo sin abrir los ojos.
—¿Azura…?
Un ronroneo suave resonó en su cabeza.
—Sí, pequeña. Soy yo. Ya estoy aquí contigo… en donde siempre debí estar.
Greta suspiró, pero su cuerpo siguió pesado, inmóvil.
—Me siento tan… cansada…
—Es normal —respondió Azura con dulzura—. El ritual funcionó. Tu cuerpo usó mucha energía para contener el veneno, y Bark… hizo el resto. Ahora todo está bien. Todo está como debía ser.