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“El amor jamás desaparece”
El grito de Eva atravesó la oscuridad del Inframundo, un lamento que hizo a Sebastián rugir de dolor y furia. Se despojó del manto gris de Apolo, la tela áspera cayendo a sus pies como si no pudiera soportar su peso. Sus ojos se volvieron de un rojo intenso, la rabia licántropa ardiendo en ellos como dos ascuas vivas.
—¡A la mierda con la cautela! —gruñó, su voz profunda resonando en el aire denso y putrefacto—. Ella está cerca. La huelo. ¡Y ese hijo de perra la es