Epílogo
Lo que permanece
El lago en donde Sebastián y Eva habían pasado sus días como familia, se encontraba en calma, tan quieto que parecía contener el tiempo.
La superficie del agua reflejaba el cielo como un espejo antiguo, uno que había visto nacer promesas, sellar destinos y guardar secretos durante generaciones, mientras la cabaña de madera se alzaba a pocos metros de la orilla, sencilla, acogedora, rodeada por árboles altos y por ese silencio especial que solo existe en los lugares donde la magia ha aprendido a convivir con la paz.
Sebastián se balanceaba lentamente en la mecedora del porche, el crujido suave de la madera marcando un ritmo tranquilo.
Llevaba una camisa clara arremangada y el cabello ligeramente desordenado, con esa apariencia relajada que solo había aprendido a tener con los años, mientras Eva estaba sentada sobre sus piernas, recostada contra su pecho, con una de sus manos entrelazada en la de él.
Se besaban sin prisa, con la confianza de quienes ya no neces