Amaia.
Elan se acerca despacio a la cama, con una botella de agua entre las manos.
—Toma —dice con suavidad—. Bebe un poco.
Lo dudo, pero me incorporo y al final la acepto. El agua recorre mi garganta con lentitud, aliviando la sequedad y permitiéndome respirar mejor. Al terminar alzo la vista en su dirección.
—¿Estás bien? —pregunta con expresión tranquila.
Lo pienso antes de responder. La respuesta es no, aún tengo el miedo clavado en el pecho, pero es algo que no quiero decirle.
—Sí… s