Gael.
Mi pluma descansa inmóvil entre los dedos y los documentos permanecen sobre la mesa igual que desde horas. Mi mente está demasiado lejos como para concentrarme. Aún me viene el recuerdo de la visita nocturna de Amaia la noche anterior.
Su imagen es distinta a la de nuestro reencuentro en aquella iglesia, parece menos reacia y desafiante, incluso más sumisa… Hubo un instante en el que sentí el impulso de extender la mano y acariciar su mejilla. Tuve que obligarme a no hacerlo. Pensar en