Amaia.
Permanezco sentada en la sala de estar, con un libro abierto entre las manos y una taza humeante reposando en la mesita contigua. El calor de la bebida es agradable, incluso reconfortante, pero mi mente no consigue concentrarse en ningúna frase del texto.
Mis ojos se deslizan una y otra vez sobre las mismas palabras, pero de nuevo quedo en blanco. La distracción resulta evidente.
—¿Necesita algo, Señora? Con gusto puedo traerlo.
El mayordomo a mi lado aparece con discreción siempre d