Mientras la tragedia se acercaba a la familia Ripoll, Grecia llegó a la casa de Guillermo. Al estacionar el auto, él la miró sonriendo.
—Bien, mi bonita, ya llegamos. Esta será tu casa a partir de ahora.
Grecia, aún dentro del auto, miró a través de la ventanilla y abrió los ojos sorprendida.
—¿Qué? ¿Esta es tu casa? —dijo incrédula.
—Así es. ¿Qué pasa? ¿Acaso no te gusta?
Ella lo miró y respondió:
—¡Estás bromeando! No me gusta, ¡me encanta! Pero jamás imaginé que fuera una mansión. Es muy luj