Había amanecido, era muy temprano. El sol que entraba por la ventana hizo que Grecia despertara. Abrió los ojos y, al mirarse, se dio cuenta de que se había quedado dormida con la ropa puesta. Un nudo en el estómago la obligó a voltear rápidamente para comprobar si Guillermo aún estaba a su lado. Al mirar su lado de la cama, un ataque de nervios la invadió al notar que no estaba allí.
—¿Guillermo? ¿Dónde estás? —preguntó en voz baja, sintiendo cómo la ansiedad comenzaba a apoderarse de ella—