Eran exactamente las 5 de la mañana, y el dueño de la posada había tenido la amabilidad de facilitar a Luis Fernando un poco de gasolina, suficiente para que al menos pudiera llegar hasta la gasolinera de Jou. La pequeña habitación que habían compartido durante esos días se sentía cargada de emociones, como si las paredes mismas estuvieran impregnadas de sus risas, sus susurros y, a veces, de sus lágrimas. Era un refugio que había sido testigo de su entrega, de los momentos de pasión y de la pr