El ambiente en la sala de espera era denso, como si la ansiedad se hubiera concentrado en el aire. Luis Fernando sentía cómo el sudor frío le recorría la espalda; cada segundo se convertía en una eternidad mientras aguardaba las palabras del doctor.
—¿Qué pasa, doctor? ¿Cómo está mi padre? —preguntó, preocupado. La angustia le apretaba el pecho como un yugo.
A su lado, Greta mantenía sus pensamientos en un rincón oscuro de su mente: “Por favor, que diga que se murió”. La expresión del médico no