—¿Pero qué está diciendo? ¡Eso no puede ser verdad! —exclamó Montserrat, completamente incrédula.
—¿Hasta dónde llega su osadía, señora? ¿De dónde saca usted que es la dueña de esta casa y del hotel? —preguntó Guillermo, visiblemente molesto.
—No es ninguna osadía, es la verdad. Yo soy la persona que compró ambas propiedades y no quise que mi nombre fuera revelado porque imaginé que Montserrat, al saberlo, no iba a aceptar vivir en esta casa —respondió Mónica con firmeza.
—Señora, lo que está