Grecia respiró hondo mientras se acercaba a la entrada del Instituto Psiquiátrico Penitenciario. La fachada del edificio era fría y austera, con paredes de un gris desolador que parecía sacado de una película de terror. Al verse rodeada de ese escenario, un nudo se formó en su estómago, especialmente al recordar todas las historias que había escuchado sobre el lugar: pacientes perdidos en sus propios mundos, gritos lejanos, ecos de sufrimiento. Sin embargo, ya no podía echarse para atrás; sabía