Guillermo la miraba intrigado, su mente giraba en un torbellino de pensamientos, sin imaginarse lo que estaba a punto de escuchar. La expresión en su rostro era una mezcla de ansiedad y curiosidad, y su voz, aunque firme, revelaba la zozobra que sentía.
—Dime qué es lo que pasa, Grecia. Ya me tienes demasiado ansioso —exclamó, con su tono cargado de desesperación.
Grecia, sintiendo el peso de la situación, comenzó a frotarse las manos con nerviosismo, un gesto que delataba su inquietud. Caminó