No podía abrir los ojos; su mano se movía a tientas, buscando el teléfono que parecía haber desaparecido entre las sábanas.
Estaba agotada, extenuada por la intensidad del día —y de la noche—.
Sabía que no podrían permanecer juntos tanto tiempo siempre, y aun así, cada segundo con él la dejaba sin fuerzas.
Ahora, apenas podía moverse.
Alexander suspiró, tomó el teléfono y se lo colocó suavemente en la mano antes de responder él mismo la llamada.
—No cuelgues —dijo Jason al otro lado, con u