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Cuando Isabella bajó las escaleras, vio a Alexander esperándola afuera, apoyado con elegancia contra la puerta del coche, una pierna cruzada sobre la otra.
El sol realzaba su porte sereno. Al verla, dio una palmada sobre el capó y dijo con voz tranquila:
—Vamos. Te llevaré al aeropuerto.
¿A quién no le gustaría tener un conductor tan guapo?
A Isabella, desde luego, le encantaba.
Entró en el coche y, como siempre, ocupó el asiento del copiloto.
El doctor Raymond y William intercambia