Isabella se enfureció. Corrió hacia él y lo tomó de la camisa.
—¡No puedes estar en la cama con esa ropa sucia! ¡Está contaminada!
Alexander esquivó sus intentos de echarlo, riendo mientras disfrutaba de la expresión molesta en su rostro. No podía dejar de sonreír.
Finalmente, se cansó del juego y se dejó caer a su lado, aún vestido.
Isabella, resignada y con el ceño fruncido, se recostó de lado, con una gota de sudor deslizándose por su frente. Sus dedos se movieron perezosos hasta rozar