Le hizo un gesto con la mano.
—Bella, ven, siéntate a mi lado.
Isabella obedeció y, al hacerlo, escuchó su pregunta:
—¿Por qué la doctora Dónovan decidió tratarme?
Había una preocupación sincera en sus ojos. Sabía quién era la doctora Dónovan y cuán extraordinario era.
Pero, en lugar de sentir alivio, lo invadía la ansiedad: temía que su familia no pudiera costearlo. Si ese fuera el caso, preferiría morir antes que arruinar a los suyos.
La voz de Isabella fue suave, serena, como u