Isabella suspiró mentalmente.
Sabía que no debía esperar mucho de tu sentido estético…
Molly, por su parte, pensó con fastidio:
No es que tengas mal gusto, princesa… es que directamente no tienes cerebro.
Los sirvientes se miraron entre sí, anonadados.
De entre todas las cortinas de la casa, eligió la más cara… ¿lo habrá hecho solo porque brilla?
Nadie podía creerlo. Nadie esperaba que el conflicto terminara de esa manera tan absurda.
Aun así, Isabella no bajó la guardia. Sabía que la princesa no era simplemente exigente, sino obsesivamente quisquillosa.
El estudio Eziam jamás había recibido una queja de ningún cliente.
Solo la princesa había devuelto los diseños varias veces.
Eso lo decía todo.
Molly, viendo cómo la princesa abrazaba la tela como si fuera un tesoro, se dio por vencida.
—Si tanto le gusta la cortina —dijo con resignación—, que le hagan un vestido con ella.
Le encargó a una diseñadora en prácticas que rehiciera el vestido basándose en la figura de la princ