Alexander guardó silencio. No era el tipo de petición que pudiera aceptar con facilidad.
El viejo señor Montgomery conocía bien el temperamento de su nieto. No esperaba palabras dulces de él; le bastaba con que no dijera nada que lo enfadara.
Mientras tanto, Ronald observaba la escena desde su asiento, apretando los apoyabrazos con tanta fuerza que las venas se le marcaban en las manos. Su expresión era tan fría que resultaba perturbadora.
¡Siempre es lo mismo!, pensó con rabia contenida.