En el hospital
Aimé tomó la mano de Zafiro con una mezcla de compasión y tristeza. Las lágrimas amenazaban con brotar, pero se mantuvo firme, tratando de ofrecerle el consuelo que ella misma deseaba recibir.
—Zafiro, por favor, no pienses más en eso. Te perdono, de verdad. Sé que te confundiste... pero dime, ¿de verdad amas a Rafael?
Zafiro no pudo sostenerle la mirada. Bajó la cabeza lentamente, y sus hombros comenzaron a temblar.
—Sí, Aimé... lo amo. Pero no importa. Él te ama a ti, y me alegr