—Déjame ir, escapar de ti, si lo haces, no me dañaré.
Joaquín se puso triste al escuchar sus palabras, retrocedió unos pasos.
—Está bien, lo haré, solo, por favor. Baja el trozo de vidrio, no quiero que te hieras.
Joaquín siguió retrocediendo, pero Diana dejó de apuntarse, y lo apuntó a él.
Joaquín solo tuvo una oportunidad, se lanzó hacia ella, le quitó el vidrio, pero no pudo evitar que ambos se lastimaran las manos.
La sangre caliente se corrió por la piel.
Joaquín parecía asustado. Él le qu