El silencio en el despacho de Massimo Agosti era tan denso que apenas se oía el leve tic-tac del reloj antiguo, un eco que amplificaba su frustración. Las cortinas gruesas filtraban la luz de la tarde en tenues franjas doradas que apenas tocaban las superficies pulidas de la habitación. Massimo se pasó una mano por el cabello oscuro, desordenándolo más de lo que ya estaba, y exhaló un suspiro entre dientes. Dos días. Dos largos días desde que Blair desapareció sin dejar rastro. Había agotado to