El amanecer se colaba a través de las persianas del amplio dormitorio de Massimo, pero no traía consigo la paz que prometía el día. Él abrió los ojos, mirando el techo, con el ceño fruncido y el corazón pesado. Se pasó una mano por el cabello desordenado y soltó un suspiro frustrado. La habitación estaba en penumbras, a excepción de un rayo de sol que iluminaba un rincón de la cama, como una burla silenciosa de que debía levantarse.
—Maldito día —murmuró con voz ronca antes de levantarse con pe