Carlota mira a su hijo y la residente intenta ayudarlo a reaccionar. Podría reírse de él, podría grabarlo, sacarle una fotografía y burlarse de él para siempre, pero la noticia que le acaban de dar no es sencilla y no tiene por dónde sacar ese lado divertido.
No cuando su vida corre peligro.
Carlo reacciona, se pone de pie y mira a su madre antes de abrazarla.
Pero antes de que lloren o le digan al médico que repita los exámenes, entra la otra residente y le entrega un sobre al médico.
—Doctor, los análisis de la señora Suárez —el médico frunce el ceño, mira el nombre en los análisis que acaba de leer y abre los ojos.
—Señora Suárez, me disculpo profundamente, mi residente se ha equivocado de análisis, estos no son suyos —los guarda rápidamente y mira la chica con cara de que después la matará.
—¡Esto es impresentable! —reclama Carlo, pero su madre niega.
—Al menos me quedaré con la imagen de mi hijo tirado en el suelo —Carlo la mira y luego los dos terminan riéndose—. ¡En verdad debí